El “cancelar” a una persona representa un medio de justicia civil alternativa por el que se relega al ostracismo social a alguien a quien se le imputen acciones u opiniones indeseables que contengan actitudes replicantes de conductas discriminatorias u ofensivas para determinado sector social. Mediante la cancelación se busca una censura de acciones ante la posible o material inacción de los sistemas de justicia tradicionales.

En el plano latinoamericano uno de los antecedentes históricos recientes que se tiene es en el caso de Chile con la funa (o muerte civil). A finales de la década de los 90s se funaba a los funcionarios de la administración de Augusto Pinochet que se les considerase cómplices de violaciones a los Derechos Humanos durante la dictadura pero que por diversas razones quedaron impunes ante las cortes nacionales (o gozaban de alguna inmunidad). A día de hoy este término ya ha sido incorporado a la jerga común de la mayoría de las naciones hispanoparlantes de Latinoamérica.

La cancelación en el plano contemporáneo se  gesta en el marco del movimiento #MeToo, en el que la cancelación se volvió una última alternativa de justicia para repetir contra los hombres identificados como agresores sexuales ante la inacción e ineficiencia del sistema judicial. Esto se trasladó al campo de la violencia psicológica, donde e empezó a cancelar a las personas que replicasen actitudes y opiniones misóginas identificables con la violencia de género.

Es en esta transición de un plano físico al psicológico donde la cultura de la cancelación se extiende del contexto de la violencia de género al de a discriminación y opresión a grupos minoritarios o en situación de vulnerabilidad. De esta manera a personas que profirieran discursos identificables como “de odio” se les buscaría cerrar espacios y foros en un intento de censura positiva.

Precisamente es en este momento donde la cancelación deja de perseguir un interés legitimo de justicia civil, ya que ha degenerado en ser una herramienta política para eliminar opiniones adversas que se puedan considerar de odio, o descontextualizando opiniones antiguas de figuras públicas (hechas en momentos donde la conciencia social era menos difundida) para retirarles del ojo común.

En el pasado en este mismo medio hice referencia a la tolerancia de la intolerancia y como la libertad de expresión jamás puede ser utilizada para justificar discursos discriminativos o  de odio al esto atentar contra el fin último de la libertad (la felicidad). Pero tampoco se debe olvidar que el contraste de ideas adversas es sumamente importante para el progreso de las ideas humanas, de manera que al truncar este proceso de argumentación y contraargumentación con la cancelación se corrompe el proceso de la evolución de las ideas.

Últimamente podemos apreciar que es común que el los procesos de debate se busque cancelar a alguien por motivos políticos aludiendo a opiniones emitidas por alguien años atrás, o la descontextualización de un discurso para atribuirle el carácter de ofensivo, de manera que se exagera la opinión o se replantea su gramática para atribuirle un carácter distinto.

La tergiversación de una supuesta herramienta de justicia civil con nobles objetivos a un instrumento de discurso de censura es un total atropello de la racionalidad de los discursos. En el contexto contemporáneo antes descrito es innegable que la cultura de la cancelación es la epítome de la inmadurez política y de la irracionalidad de la argumentación construcción conceptual.

Lo anterior se materializa al comparar las cancelaciones de diversos miembros de la industria cinematográfica por delitos sexuales en 2017-2018 (véase Harvey Weinstein, Roman Polanski o Bill Cosby) con las recientes funas de influencers y otros creadores de contenido digital por emitir opiniones pobres o simplemente no consensuales (véase Vegeta777 o iTownGameplay) . Evidentemente aquí no hay más que una censura con miras cuasi orwellianas  que destruyen el proceso de intercambio de ideas.

Esto se vuelve aun peor considerando que la cancelación aún bien aplicada es muy pobre en el cumplimiento en sus objetivos, ya que al funar a determinada persona se le provee de reflectores innecesarios y una atención morbosa (veáse 6ix9ine), o por el otro lado desde las sombras de él área undergound la persona cancelada puede continuar replicando las actitudes señaladas.

Querer reducir las disidencias de opinión a una sumisión de la libertad de expresión a la no discriminación es una muy pobre herramienta para evitar el proceso de argumentación racional del que depende el avance y transformación de las ideas base del progreso humano. La madurez política para poder refutar a los discursos de odio u opiniones intolerantes debe venir de la argumentación racional, no de la cancelación arbitraria en hilos de Twitter.

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