Respirar en la Ciudad de México siempre ha sido un reto. Aunque los niveles de contaminación han mejorado respecto a décadas anteriores, las alertas ambientales siguen siendo frecuentes, especialmente en invierno, cuando los vientos débiles y la inversión térmica atrapan contaminantes a nivel de suelo. La calidad del aire no es un tema abstracto: tiene consecuencias directas en la salud de millones de capitalinos, causando problemas respiratorios, cardiovasculares y afectaciones a niños y adultos mayores.
Las políticas ambientales deben acelerar la transición hacia energías limpias, modernización del transporte público y disminución del uso del automóvil privado. Pero también deben integrar a la ciudadanía, a las empresas y a los gobiernos locales en una estrategia conjunta. La contaminación del aire no distingue nivel socioeconómico: afecta a todos. Sin embargo, no todos pueden protegerse de igual manera. Quien trabaja en la calle, en oficios, mercados o transporte es quien más respira contaminación. La CDMX necesita avanzar hacia una política ambiental que además de medir partículas finas, mida justicia. Una ciudad sana solo puede construirse cuando todos respiramos el mismo aire limpio, no cuando unos se protegen y otros se adaptan a enfermarse.
